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Archive for 22 octubre 2012

El 31 de octubre se celebra el día de la reforma.  En 1662 el 31 de octubre la Iglesia de Escocia sufrió un gran golpe de parte del Estado cuando expulsaron a cada ministro presbiteriano que mantuvo su promesa y lealtad al Pacto y Liga Solemne.  Fue un día de gran tristeza y sufrimiento.  Esto inició una época de persecución muy severa en Escocia reconocido como ‘The Killing Times’ o ‘Los Tiempos de Mantanzas’.  Estos ministros e Iglesia se conocen como los ‘Covenanters’ o Pactantes.  Gracias a Dios, Él guardo a Su Iglesia y los ‘Covenanters’ permanecen hoy en día como ‘The Reformed Presbyterian Church (RPC)’.  Existen en Escocia, Irlanda, Norte América, Australia y Sudan del Sur.   Es una denominación en cada una de estos países.

Se planea establecer la primera congregación de los ‘Covenanters’ o RPC en Latinoamérica en México, D.F. muy pronto si Dios permite.

 

Expulsando a los Ministros – 1662 d. C.

Capitulo 25

Tomado del libro:

Historia de los Pactantes Escoceses

Por J. C. McFeeters

La ejecución del Rev. James Guthrie, 1661.

La ejecución del Rev. James Guthrie, 1661, por predicar contra la prelacía.

“La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia”.  En el martirio de Argyle y de Guthrie la sangre de la mejor calidad había sido derramada, y la semilla más preciosa había sido sembrada.  Por lo tanto, la cosecha ciertamente será grande, el campo dará fruto a ciento por uno.

La fidelidad de Argyle y de Guthrie, su devoción a Cristo y al Pacto, volvió aparecer en centenares de nobles y en centenares de ministros por todas partes de Escocia. ¿Cómo, querer intimidar y subyugar a los Covenanters con martirio de sus líderes principales? Pero sus enemigos malentendieron sus intenciones y subestimaron su fuerza, desconociendo los principios inmortales del Pacto que los sobrellevaba en el servicio del Señor, no estimando preciosas sus vidas por amor a Cristo. ¡Los Covenanters intimidados! ¿Acaso desfallecerá el sol y menguará bajo los vientos fuertes? ¿Se marchitará el roble en la pérdida de unas pocas ramas? ¿Retrocederán los veteranos ante el primer disparo? Más bien ¿no será despertado el espíritu de combate?

Para este tiempo los Covenanters llegaban cerca de 1,000 ministros, y cerca de 100,000 comunicantes. Ellos tenían 900 congregaciones. Los ministros no eran todos firmes; la levadura de acomodamientos había estado trabajando; la mitad de ellos habían llegado a ser más o menos infectados. Ellos se habían debilitado en el Pacto y se habían rendido al Rey Carlos bajo su administración despiadada. El remolino político en sus círculos externos los estaba atrayendo lenta y sin embargo ciertamente hacia su torbellino horrible.

Los tiempos de sacudimiento habían llegado para los Covenanters. Dios sabe cómo sacudir Su cedazo para limpiar el trigo. Él no busca tamaño, sino calidad. Los números no son nada para El; el carácter es todo lo que importa. Le gustaría tener más bien a Gedeón con 300 hombres que cuadrasen con la regla, que treinta regimientos fuera de la regla. Él eligió más bien una décima parte de Israel que el todo, y cernió la nación en el cedazo de Nabucodonosor para separar el buen trigo del inferior.

La Iglesia Pactante llegó a sobrecargarse con paja, heno, hojarasca y con granos enjutos, y con meollos quebrados – a saber con niveles bajos de vida espiritual – y el Señor sacudió lo malo fuera de la Iglesia al grado que permanecer en ella era sumamente doloroso y difícil. La senda de la fidelidad estaba llena de dificultades. Dios hizo que el mantenerse leales al Pacto fuese peligroso y costoso. Los seguidores de Cristo fueron obligados a tomar la cruz y cargarla. Si desean ser leales a su Señor, ellos deben salir fuera del campamento, y llevar Su vituperio. Si desean mantener su conciencia pura, ellos deben aceptar burlas crueles, azotes, prisiones, destierros, y muerte. De esta manera Dios iba a separar para si «un pueblo propio, celoso de buenas obras». Los otros pueden ser de algún uso en grados, pero para prevenir una apostasía general y decadencia universal, Dios avienta el trigo.

¿Pero quiénes fueron echados fuera de la Iglesia Presbiteriana en el reinado de Carlos II? ¿No fueron los inflexibles, fuertes, e inconmovibles Covenanters? ¿Quiénes son éstos que han sido separados de sus hermanos, y arrojados como tamo ante el viento sobre los montes y praderas? ¿No son los defensores entusiastas de la fe Reformada? ¿No son los verdaderos soldados de Jesucristo? Para el ojo ingenuo, los escrupulosos, los grandes luchadores y estrictos Covenanters fueron arrojados fuera, mientras que los demás se quedaron en casa para distribuir la presa; el partido inestable y vacilante se quedó con la organización y con la Iglesia; el partido estricto sufrió la desintegración y fue desterrado. Pero tal vista es sólo superficial; más bien, es una visión ilusoria.

La Iglesia de Cristo no depende en la organización externa. Ella puede sobrevivir sin asambleas, sin presbiterios, o sin sesiones. Ella puede disfrutar la medida máxima del amor de Cristo sin capillas, sin multitudes, o sin propiedades eclesiásticas. Ella puede tener el poder y así prestar servicio a cualquier comunidad, sin ministros, sin ancianos, o sin diáconos.

Cuándo los Covenanters fueron expulsados por el perseguidor, la Iglesia Pactante salió al desierto, reclinándose sobre el Señor Jesucristo su Amado. Llevó consigo misma todas las cosas esenciales. Tenía la Biblia, el Pacto, la fe, los sacramentos, el Espíritu Santo, el amor de Dios, y la presencia del Señor Jesucristo. Los valles vinieron a ser sus lugares de adoración; los asientos de sus lugares de reunión eran de piedra, con púlpitos de roca, paredes de granito, el césped verde como alfombra, y sus techos el cielo azul. Una fila de piedras era su mesa sacramental, y el susurrante arroyo su fuente bautismal. Los montes estaban rodeados de huestes angelicales, y las praderas cubiertas con el maná del cielo; la bandera del amor de Cristo reposaba sobre estos adoradores, y la gloria de Dios llenaba el lugar. Tal fue la Iglesia de los Covenanters en los tiempos de la persecución.

El rey y sus consejeros en 1662 demandaron de la Iglesia Pactante lo que ningún Pactante (Covenanter) fiel y de gran respeto podría rendir. Las demandas en sustancia eran estas:

  • Que el juramento de la lealtad, que representaba la supremacía del rey sobre la Iglesia y el Estado, deberá ser tomado.
  • Que ningún ministro al predicar y orar hará mención de pecados públicos, ya sea cometidos por el rey o por su parlamento.
  • Que la administración de la Iglesia, hasta cierto punto en cuanto a su constitución será prelatica [Episcopal].
  • Que los edictos del rey y decretos del parlamento no serán cuestionados, aún a la luz de Palabra de Dios.
  • Que los ministros obedecerán estas demandas, o serán desterrados de sus hogares respectivos, parroquias, y presbiterios.

Tal fue el cedazo que filtró la obra. ¿Qué corazón leal podría soportar estos términos? ¿Qué ministro de Cristo, inclinado en preservar su honor y conciencia, podría retener el cargo de su iglesia? En comparación con el Pacto, todo incentivo terrenal era como paja podrida, en el juicio de aquellos cuyos ojos abrazaban el mundo de gloria y descansaban en el Señor.

Doscientos ministros Pactantes aceptaron calladamente la pena. En el último Día de Reposo de octubre 31, del año1662, ellos predicaron sus sermones de despedida. Las iglesias estaban llenas; el dolor del pueblo era indescriptible, gemidos de corazón prorrumpían en lamentaciones fuertes. «Nunca se había presenciado un día tan triste en Escocia como cuando estos desafortunados y perseguidos ministros se despidieron de su pueblo». Otros doscientos se mantuvieron firmes y lucharon en la batalla un poco más de tiempo. Estos fueron expulsados violentamente. Así ese estallido asolador derribó cuatrocientas congregaciones de Covenanters.

El ministro con su esposa y niños salieron en profunda tristeza de la agradable casa parroquial despidiéndose de su amoroso pueblo. Vínculos tiernos fueron rotos y el cariño sacrosanto fue sacrificado; los consuelos de la vida fueron abandonados, y la seguridad, el refugio, y provisiones dejadas atrás. El ministro podría haber retenido todo esto si su conciencia no hubiese sido tan sensible. Pero el siervo del Señor no puede ser sobornado. Ofrézcasele al ministro verdadero de Jesucristo dinero, comodidades, placeres, honores, casas, tierras – todo lo que el mundo puede dar para corromper la conciencia en su llamamiento, y lo único que dará a cambio será un desdén de desprecio que congelará la sangre.

Las tempestades invernales descendían sobre el hombre de Dios y sobre su familia desamparada, mientras que pasaban a través de la propiedad eclesiástica para no volver más. Ellos salieron, sin saber a donde se dirigían. La noche puede caer sobre ellos en un lugar triste; el día de mañana puede venir sobre ellos sin techo, sin alimentos, o sin fuego para calentarse. El invierno puede conducirlos a una cueva fría, donde posiblemente una generosa esposa de algún pastor los puede encontrar, y compartir sin quejarse con ellos su balde de leche y sus bizcochos de avena. Sufrieron con gozo el despojo de sus bienes por amor a Cristo. Estimaron mejor el vituperio de Cristo que las riquezas de Egipto.

Alexander Peden fue uno de esos ministros luchadores. El predicó hasta que fue forzado a dejar su púlpito. En el día de su servicio de despedida su congregación se hallaba envuelta de pesadumbre. Alexander Peden tuvo que refrenar los gemidos de la congregación una y otra vez. Bajando del púlpito después de que el servicio terminó, cerró la puerta del púlpito y lo golpeó tres veces con su Biblia, diciendo con gran énfasis, «Te mando, en el nombre de mi Maestro, que ningún hombre entre jamás, mas que sólo por la puerta como yo he hecho». El púlpito mantuvo ese mandato solemne; nadie entró allí hasta después de la persecución; permaneció vacío veintiséis años.

Los ministros prelaticos fueron enviados para suplir los 400 púlpitos vacíos, pero el pueblo se negó a oírlos. El tiempo de predicar por los campos había llegado; los conventículos por los montes y praderas llegaron a ser la costumbre de ese tiempo.

El ministerio del Evangelio de Jesucristo – ese río de Dios que alegra la ciudad del Señor – ahora había alcanzado los lugares escarpados donde fue esparcido sobre las piedras; pero continuaba fluyendo, e incluso aumentó en tamaño y fuerza. La predicación por estos ministros en lugares desolados era poderosa, apasionada, majestuosa, como voz de trueno entre los montes, que hacía temblar el reino. Grandes pruebas producen grandes hombres.

Vivimos en una época de pocas demandas. Los ministros ahora pueden tener púlpitos y salarios en términos fáciles. Ellos pueden guardar una buena conciencia que no requiere una abnegación excepcional. No hay asuntos providenciales que ahora separe lo falso de lo verdadero. Pero la comodidad de conciencia en el ministerio de la Iglesia, y en los términos fáciles de comunión en su membresía, puede cambiar el oro de Dios y enmohecerlo con escoria, y así hacer necesario que lo pase por el horno. El Señor puede de repente traer un acontecimiento sobre Su Iglesia, que obligará a los verdaderos mostrar su verdad, y a los falsos su gran falsedad. ¿Dónde nos encontraremos cuando venga la prueba?  –traducido por Joel Chairez

http://www.presbiterianoreformado.org/historia/pactantes%2021-30.php

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CAPITULO SETENTA Y CINCO

de la obra

El servicio razonable del cristiano

 

 

El ayuno

 

 

WILHELMUS à BRAKEL

Por WILHELMUS à BRAKEL

Ayunar [del hebreo: חעניח (ta‘anith)], es un derivado de las palabras “oprimir”, “humillar”, “atormentar”, así como “ser afligido”. Otros traducen esta palaba hebrea como “ayunar”. “Y a la hora del sacrificio de la tarde me levanté de mi aflicción” (Esdras 9:5); “¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza?” (Isaías 58:5). También la palabra צום (tsoom) significa “ayunar” (Isaías 58:5). En el griego tenemos la palabra νεστεία (nesteia), la cual significa no comer. Esto es lo último que deseamos que se quiera expresar por el verbo “ayunar”.

Ayunar es un ejercicio religioso especial en el cual un creyente se priva a sí mismo por un día de todo lo que vigoriza el cuerpo, humillándose a sí mismo en cuerpo y alma ante Dios como un medio para obtener lo que él desea.

Ayunar es un ejercicio religioso – un ejercicio en el cual uno busca a Dios. El ayuno debido a la pobreza, la avaricia, la enfermedad, por razones de salud, o por un impedimento de comer alimentos debido a actividades de negocio no es aplicable aquí. Más bien hablamos aquí del ayuno como un ejercicio religioso; estar enfocado en Dios y su intento, por ello, es el de buscar a Dios. Dado que toda la práctica de la religión no es ni ser obstinados ni practicarla de acuerdo a las instituciones humanas, sino solamente de acuerdo a los mandamientos y preceptos de Dios, esto es también aplicable al ayuno. No consiste en la ociosidad, sino que es una actividad de todo un día en la cual consiste en comprometerse en tratos secretos con Dios.

Es un ejercicio especial. No se trata de una actividad diaria, tales como la oración, la lectura, la acción de gracias y el canto. Por el contrario se practica en ocasiones especiales de necesidad, como ser amenazado u oprimidos por el peligro de una plaga, teniendo que participar en pruebas muy pesadas, confusiones, o teniendo que tomar una decisión en un asunto de mucho peso. Incluso se puede relacionar con asuntos cotidianos como la búsqueda de la comunión con Dios, la necesidad de la fuerza para oponerse a pecados específicos, y el crecimiento en la gracia.

 

 

Ayunar: Ser privado de todo lo que vigorice el cuerpo

Ayunar primeramente consiste en una privación de uno mismo de todo lo que vigorice el cuerpo, estando deseoso de traer el cuerpo para darlo por un día a condiciones de abstinencia, angustia y debilidades.

Consiste, primero que todo, en una privación de nosotros mismos de todo alimento (siendo expresado por la palabra ayuno), porque el que participe de cualquier alimento ha roto el ayuno. Observa esto en Ester 4:16 “y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis…” Nosotros no ayunamos solamente privándonos a nosotros mismos de carne. En el Antiguo Testamento había una distinción entre alimentos, puros e impuros, sin embargo, esto no está relacionado con el ayuno. Pablo declara “bueno es no comer carne, ni beber vino…” (Ro. 14:21). Esto no se relaciona con días de ayuno, sino que se refiere a ofender a un hermano más débil en la fe. Esto último ocurrió durante ese período en el que habían algunos que distinguían entre alimentos según lo dictado por la ley del Antiguo Testamento. Es en relación a esto que el apóstol manifiesta: “Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Co. 8:13). Esto es, “yo preferiría privarme a mi mismo de esto antes de ofender a alguien”. Algunos tenían libertad de comer animales que habían sido sacrificados a los ídolos. El apóstol declaró que había tal libertad, ya que el ídolo en realidad no existía. Otros, sin embargo, no creían que tenían tal libertad y se ofendían cuando observaban a otros haciéndolo. Por lo tanto, el apóstol no sólo se niega a comer carne de animales sacrificados, sino que él no quería comer carne de ninguna manera, si alguien sería ofendido por ello. A excepción de estas ocasiones, sin embargo, el comía carne. Por lo tanto, estos textos no pueden ser usados en apoyo del ayuno papal, en aquellos momentos en que se privan a sí mismos de comer carne. De otro modo, ellos deberían privarse a sí mismos del vino y no volver a comer carne.

En segundo lugar, en un día de ayuno nos privamos de toda ornamentación externa. En los tiempos del Antiguo Testamento, las personas cubrían sus cuerpos con un tipo de material que era de la clase más baja. Ellos tenían que elaborar el atuendo lo más apretado al cuerpo, tan apretado como si ellos estuviesen colocando artículos de gran valor en una bolsa preparándola para transportarla, ya que normalmente se llevaban prendas de vestir anchas (Isaías 3:24). Además, hacían estos sacos, que enrollaban alrededor de sí mismos, sucio por aspersión de tierra y cenizas, de modo que ellos se mostraran a sí mismos ante Dios y los hombres en las circunstancias más miserables y humildes, declarando que eran indignos de cualquier cosa. “¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma… y haga cama de cilicio y de ceniza?” (Isa. 58:5); “me vestí de cilicio” (Salmos 35:13); “hija de mi pueblo, cíñete de cilicio, y revuélcate en ceniza” (Jeremías 6:26); “ninguno se puso sus atavíos” (Éxodo 33:4).

En tercer lugar, en un día de ayuno, debemos privarnos de todo el entretenimiento, como juegos recreativos, dar un paseo con el fin de ver los jardines, obras ornamentales de arte, plantaciones, salir en barco, caballo o coche sólo por placer. “He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto” (Isaías 58:3). Incluso unos deben abstenerse de la unión marital (1 Co. 7:5).

En cuarto lugar, también debemos abstenernos a realizar las labores de nuestra vocación. “Y cualquiera persona que hiciere trabajo alguno en este día, yo destruiré a la tal persona de entre su pueblo… de tarde a tarde guardaréis vuestro reposo” (Levítico 23:30,32).

En quinto lugar, debe haber también una abstención del sueño. En un día debemos levantarnos temprano y no nos retiramos antes de lo normal. En un día también podemos no dormir, pero esto sería enteramente contrario al objetivo del día. Tal sueño resultaría en una perdida de tiempo, durante el ayuno, y sería como si trajéramos un cuerpo muerto ante el Señor – como si fuese el cuerpo que ha estado ayunando. Esto está en conflicto con respecto a humillarnos a nosotros mismos. Dormir vigoriza a una persona, y el propósito de este día es la humillación del alma facilitado por la debilidad del cuerpo – y por tanto, humillarse a uno mismo profundamente.

Ayuno: Una humillación de nosotros mismos

El segundo aspecto del ayuno es una humillación de nosotros mismos con respecto al cuerpo y al alma. El alma y el cuerpo están tan íntimamente unidos que la mala disposición de una engendra la mala disposición de la otra. Cuando el cuerpo, debido a la retirada de todo refrigerio, se vuelve frágil y débil, y es sometido, el alma también estará en tal disposición; y por tanto la disposición natural toma una dimensión espiritual. El ayuno, en sí mismo, no es una práctica religiosa. Es sólo así [práctica religiosa] cuando se trata de la búsqueda de Dios por medio de él. Él que se ha limitado a sí mismo de todo refrigerio no ha guardado parcialmente un día de ayuno, el ayuno y la humillación de nosotros mismos no son dos tareas distintas. El ayuno debe estar caracterizado por una humillación de nosotros mismos, y la humillación de nosotros mismos debe ser hecha por medio del ayuno. El ayuno sirve para un solo objetivo: facilitar la humillación del alma; no tiene un significado mayor que este. Dado que el ayuno facilita esto, sin embargo, el acto como tal es requerido. Es un aspecto esencial de un día de ayuno – sin embargo, solamente en unión con, y por tanto inseparable de la humillación de nosotros mismos. No funcionan con doble sentido, sino al unísono.

Cuando, en un día determinado de ayuno, nos humillamos a nosotros mismos por medio del ayuno, entonces, desde el principio del día, habrá un mayor apetito por comida que el normal – antes de la hora normal de comida. Esto no es siempre debido a la corrupción de nuestra naturaleza – una naturaleza que siempre anhela lo que está prohibido. Más bien, brota de la relación entre el ayuno y la humillación de nosotros mismos. El dolor por la humillación del alma produce dolor en el cuerpo humillado, y la humillación en el cuerpo engendra dolor en el alma. Son, por tanto, ambos sometidos a la humillación de nosotros mismos (Deut. 10:1). “… y afligiréis vuestras almas” (Levítico 23:37).

Una humillación de uno mismo consiste en:

(1)   La confesión de pecados, acompañado con dolor y vergüenza: “El día veinticuatro del mismo mes se reunieron los hijos de Israel en ayuno… confesaron sus pecados” (Nehemías 9:1-2); “Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo” (Esdras 9:6).

(2)   Declarándonos a nosotros mismos de ser dignos de juicio y abandonándonos a la justicia si el Señor fuera a ejecutar esos juicios merecidos sobre nosotros. “Pero tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros; porque rectamente has hecho, mas nosotros hemos hecho lo malo” (Nehemías 9:33).

(3)   Una súplica de gracia, con frecuencia acompañada con llanto. En cuanto al día de asamblea solemne leemos en Joel 2:17: “Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella.” Esto también es observado en el día de ayuno registrado en Nehemías 9. Considera también los siguientes pasajes: “Afligí con ayuno mi alma, Y mi oración se volvía a mi seno” (Salmo 35:13); “Entonces, habiendo ayunado y orado…” (Hechos 13:3); “Pero este género no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21).

(4)   La renovación del pacto con la intención sincera de abandonar antiguos pecados y vivir una vida santa: “A causa, pues, de todo esto, nosotros hacemos fiel promesa” (Nehemías 9:38); “¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad…” (Isaías 58:6).

(5)   Dar dádivas: “¿No es más bien el ayuno que yo escogí… No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?” (Isaías 58:6-7).

La duración del ayuno

La duración del ayuno está limitada a un período de 24 horas – de tarde a tarde.

(1)   Moisés (Deut. 9:9), Elías (1Reyes 19:8), y el Señor Jesucristo (Mateo 4:2) ayunaron por cuarenta días consecutivos, tiempo durante el cual el Señor preservó sus vidas de manera milagrosa. No se nos manda a imitar esto; hacerlo así es solamente superstición. Además, nadie puede estar sin comer durante un período tan largo de tiempo. No seguimos al Señor Jesús si nos privamos de carne para un período de tiempo tal, aun todavía si comemos algo durante el día. Él no comió durante ese período, ni designó su ayuno para ser un ejemplo a ser seguido por nosotros. Hay muchas cosas que Él hizo bien en virtud de Su divinidad o en lo que respecta a Su oficio de mediador, que no somos ni capaces ni tenemos permitido imitar.

(2)   También leemos acerca de los siete días de ayuno en 1Crónicas 10:12 y de tres días en Ester 4:16. Esto debe ser entendido como un período durante el cual se come algo cada tarde. O bien, debido a que hay un clima más cálido en esos países, fueron capaces de estar sin comida por un tiempo más largo, sin hacer daño a su salud. Sin embargo, el plazo normal para el ayuno es un día – de tarde a tarde (Levítico 23; Isaías 8:5).

Pregunta: ¿Están todos los hombres obligados a ayunar por un día entero? ¿Haría bien uno entonces, viniendo a ser un poco débil y por tanto no aptos para las oraciones y otras obligaciones para ese día, ser capaces de comer algo, como un pedazo de pan o algo similar?

Respuesta: En lo que respecta a algunas personas se aplica la regla, “porque misericordia quiero y no sacrificio” (Oseas 6:6). Esto se aplica a las mujeres que han dado a luz, los enfermos, madres de enfermos, aquellos que son excepcionalmente débiles (aunque no por enfermedad), los bebes enfermos, así como niños que deben ser atendidos de acuerdo a sus edades. Algunos no son privados de nada, a otros se les dará lo menos posible, y otros necesitan, nuevamente, aprender a cómo ayunar. Sin embargo, los saludables deben privarse de todo durante todo el tiempo. Venir a estar un poco débil es el objetivo del ayuno, y uno no debe retroceder de este objetivo. La pretensión de no ser apto para orar emite delante de la opinión que ayunar no es más que un ejercicio para estar más en forma para orar y otros ejercicios similares. Tales creen que esta debilidad no es parte del ayuno, creyendo que es solamente de naturaleza espiritual. Uno también experimenta que, en lugar de convertirse en incapaces, esta debilidad hará que uno esté más en forma para orar con una humildad aumentada, así también provoca que uno invoque a Dios con la disposición de alguien quien está totalmente desamparado. Incluso si la manifestación de todo esto no es tan vehemente como en el caso contrario, hacia la tarde, la oración se volverá más formal, y luego, en ocasiones, una bendición especial le seguirá.

La distinción entre el ayuno público y privado

En cuanto a las personas que ayunan se refiere, una distinción puede ser hecha entre el ayuno público y privado.

Primero, el ayuno público ocurre cuando:

(1) Es proclamada por el gobierno debido a una necesidad nacional general – ya sea una guerra, una peste, el hambre, una plaga de insectos, una sequía extraordinaria, una lluvia persistente, u otros acontecimientos similares. En tales casos, los gobiernos tienen el derecho de proclamar ayuno y días de oración. Esto no significa que el día de ayuno sea un mandamiento de hombres; no, la observancia de los días de ayuno es un mandato de Dios. En su lugar, los gobiernos no hacen, sino que designan el tiempo determinado por Dios por medio de circunstancias extraordinarias.

(2) Un sínodo, o los ancianos de una congregación en particular designan un día de ayuno para la iglesia bajo su supervisión, haciendo esto debido a una necesidad extraordinaria en la iglesia – esta iglesia (as) estén bajo persecución en otros países, la manifestación de falsas doctrinas, la necesidad de reforma debido a declinación, el llamado de ministros o la elección de consistorios, u otra circunstancia específica. Esto tampoco es una institución humana, sino el cumplimiento de un mandamiento divino.

En segundo lugar, el ayuno privado ocurre cuando:

(1) Algunos amigos íntimos se ponen de acuerdo, individualmente, de apartar un día – sea debido a sus propias necesidades o por la necesidad de otros, o un deseo excepcional de buscar al Señor fervientemente por algo que se desee – ya sea para el cuerpo o el alma;

(2) un padre instituya un día de ayuno para su familia;

(3) un individuo aparte un día para sí mismo. Todos tienen la libertad personal de hacer esto, sea que aparte un día por ocasiones especiales; que programe días de ayuno los cuales, a su juicio, son los más adecuados para él – habiendo sido esto la costumbre de las personas eminentemente piadosas – no sea que tenga que elegir un día nuevamente cuando el ayuno sea olvidado, o que tenga que seleccionar un día vez tras vez. De esta manera vamos a familiarizarnos con el Señor, vamos a ser más modestos y santos, y el Señor generalmente garantiza mayor gracia espiritual a los mismos. Al establecer un día aparte, cada quien es libre  en cuanto a la medida en que desea hacerlo. Puede ser que desista de sus labores si es un empleado y si esto no es para detrimento de su familia; él puede hacer esto sin nadie darse cuenta. O puede ser que aparte este día mientras, sin embargo, intentando hacer su trabajo – esto siendo requerido por sus circunstancias – y comer una cantidad limitada de alimentos, con el fin de ocultar a otros el hecho de que está ayunando ese día. Esto último debe ser su objetivo de acuerdo a la instrucción de Cristo en Mateo 6:16-18: “Cuando ayunéis (esto se aplica a los ayunos privados en vez de los públicos), no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan… Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro (vístete de una manera honorable, como estás acostumbrado hacer), para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” Sin embargo, si tú no puedes ocultar esto de tu familia, entonces no debes permitir que esto te menoscabe. Pero, si esto te causaría ser ridiculizado, debes ocultar esto y comer un poco.

Exhortación al ayuno

Es triste – un signo de gran decadencia en la iglesia – que se haga tan poco trabajo de ayuno, tanto en público como en secreto. Por lo tanto todos los que desean llevar una vida de piedad afectuosa y desean ver el bien de Zion deben avivar el ejercicio de este deber, porque:

(1)   ¿Dios no ha mandado esto? (Lev 23:37; Joel 2:12).

(2) ¿No han practicado la iglesia y los santos de todas las épocas esto y nos han dejado un ejemplo a seguir? Observe esto en Jueces 20:26; 2Crónicas 20:3 y Nehemías 9:1. Referencias de ayuno privado son encontradas en Nehemías 1:4 y Salmos 35:13. Esto no es solamente un deber y práctica en el Antiguo Testamento, sino también en el Nuevo Testamento (Mateo 6:6-18; 9:15; Marcos 9:29; Lucas 2:37; Hechos 13:3; 14:23; 1Corintios 7:5). Por lo tanto, como hijos obedientes de Dios y discípulos de los santos, ayunemos frecuentemente. Esta fue la práctica de las iglesias cristianas originales y de creyentes desde el principio de la Reforma – e incluso mucho tiempo después. No permita que esta práctica desaparezca.

Si se ha proclamado un ayuno público, compórtate bien al hacerlo. No son pocos lo que ayunan bien. Por tanto, si hay perplejidad en el país donde la iglesia se encuentra, el ojo de Dios estará sobre ti en una manera especial. Será agradable a Él cuando observe tu permanencia en abrir una brecha para apaciguar Su ira sobre ese país. Tal vez Él entregaría el país en tu oración; e incluso si la tierra fuera a ser destruida, el ojo del Señor y Su misericordia estarán sobre ti y tus seres queridos. Entonces tendrás paz en tu conciencia a donde quiera que vayas, sabiendo que te has esforzado por mantener el sostén de la iglesia y el país.

Si algunos de los piadosos se han puesto de acuerdo para apartar un día, tratan de unirse entre ellos, y animan a otros piadosos a hacer lo mismo. El Señor, seguramente, estará en medio de ellos; Él vendrá a ellos y los bendecirá. Se generará un dulce vínculo de amor mutuo, una mutua comunión santa, y un amor y realización de buenas obras más vivificadas. Cuando haces el trabajo de tener días de ayuno privado, experimentarás que la promesa es verdadera y se cumplirá en ti: “y tu Padre… te recompensará en público” (Mt. 6:18). El Señor manifestará que esto es agradable a Él. Él incrementará tu luz, y fortalecerá tu corazón en la fe; estarás más cerca de Dios en tu caminar, y llevarás una vida que es más sobria y reflexiva; y tu conciencia será más sensible. Tendrás más fuerzas contra el pecado, y recibirás más comodidad del Señor. El que se ha ejercitado en esto nunca se ha arrepentido de lo que ha hecho, y deseamos recomendarlo como un medio excepcional para el crecimiento espiritual.

Cuando tú, por tanto, has determinado observar un día de oración, en público o privado, debes prepararte para esto con antelación removiendo todos los obstáculos, siendo moderado en tu consumo de alimentos y bebidas en la tarde, y durmiendo moderadamente en las noches. Confiesa tu repugnancia durante cada día de oración como si fuera un pecado delante del Señor, y pedimos que esté en buena forma para conducirse bien en este día de oración. Si intentas guardar esto con otras personas, ora para que ellos puedan estar en buena forma para esto también.

Si el día de oración es invertido como se describió anteriormente, permita que su conducta también sea apropiada después de esto. Regocíjate en la tarde que has comido, ya que no eres digno de un bocado de pan. Agradece al Señor que Él te da en Su favor – como habiendo sido adquirido por la sangre de Cristo. Sea moderado en su uso de alimentos, así también como en el dormir. Preserve la impresión de todo lo que ha transcurrido en ese día; esto es, de todas tus iniciativas hacia Dios y de todas las manifestaciones de Dios hacia usted. Presta mucha atención a cómo Dios te respondió en tu día de oración, ya que Dios las responderá. De esta manera usted debe acostumbrarse a este deber, y descubrir la dulzura que hay en el, que usted anhelará tener un día de oración para renovación.

Traducido por:

José Andrés Landeta

(de la República Dominicana)

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